Escándalos, posverdad, manipulación política.

Ignacio Ruelas Olvera

 

En estos tiempos nos hemos adecuado a narrativas emocionales y dramáticas falaces. En la medida que sube el nivel de ambas la realidad desaparece. Cuando la mentira le robó la ropa a la verdad las audiencias prefieren la mentira vestida de verdad que a la verdad desnuda. Sobre esta lógica se diseña la agenda nacional. La falsedad de los discursos, los predicados, los enunciados..., un chantaje para la sociedad y la democracia. Hemos perdido el sentido de lo real y también de lo falso, razones de las decadencias de las religiones y la subida de tono de las ideologías.

         La pedagogía escolástica aun nos secuestra en atmósferas del escándalo y del poder, de la comunicación de masas. Suplantar verdades y propagar las falsedades agita la opinión pública, lo verdadero queda solo en dato para la academia. La estrategia es publicitar comportamientos “incorrectos”, denunciar la “corrupción de los Otros”, pensadas para detonar escándalos que logren hacerse público. Se filtran con la finalidad de que estallen efectos varios en la esfera pública.

         Hay un compadrazgo entre medios de comunicación y opinión pública cuando se les inyecta escándalo, lo hemos visto en el tema de mentiras y plagios de títulos de grado de servidores públicos difundidos en narrativas mediáticas que tienen la democracia real desafiada mediante una estrategia: desestabilizar la legitimidad institucional, desnucar a los adversarios. Solo la narrativa del YO es neta, las demás “a la basura de la historia...”

         Es impostergable para Universidades, pedagogos, intelectuales, científicos, filósofos, … crear la pedagogía del siglo XXI que logre enseñar cómo actuar en la evaluación de los escándalos, las mentiras, que nos proteja cognitivamente. Cómo cribar la información, los datos, las imágenes, en las plataformas comunicativas. Cómo se produce la narración pública que repercute en los ámbitos sociales en escándalo y en división violenta entre los pares. Cómo se cancela el encuentro civilizado de las posiciones. Que enseñe cómo optimizar, tiempo, energías humanas, “gigas”, aprender a aprender, aprender a compartir, aprender las virtudes desde la vida diaria en el campo y la calle, en el trabajo y el hogar, en la cartografía de la ciudad, donde habita la ciudadanía. De lo contrario se seguirá acariciando y apapachando una falsa idea de opinión pública, en dónde los escándalos “tejen sus redes” para homologar lo que se piensa de las cosas o de alguien.

         Las encuestas de opinión son instrumentos científicos que aglutinan probabilidad y estadística para mostrar comportamientos de eventos en un momento del tiempo. Pero no son opinión pública, son sólo reflejo de datos estadísticos seleccionados en una muestra probabilística que intenta indicadores de un todo. La opinión pública sintetiza una opinión colectiva, revela un pensamiento coincidente, donde los otros tienen una idea de qué piensan los otros. ¿Cómo definiría a ese TODO opinante? En su núcleo está la palabra, es decir, la construcción de un lenguaje que comparte significados, garantía de buena encuesta.

         Los significados transitados a escándalos son enfermedad del interés del discurso de las y los políticos. Se auto conceden la facultad de condenar, castigar, injuriar a los que no piensan como ellos, sancionar a “los enemigos, los adversarios…”, debido a ser ELLOS la bondad y los demás la maldad. La lógica no es bienvenida en la casa de Dios, la opinión pública tampoco. Opera lo mismo en el político, ni la lógica, ni la opinión pública, ni el Derecho se hospedan en casa de la clase política. En la casa de Dios y de la política los problemas se resuelven con arbitraje de autoridad. Por una razón simple, la opinión pública está en el ámbito de ejercicios comunicativos humanos, por su parte Dios es referente religioso con influencia destacada en los que creen. También son impulsores de los escándalos de la iglesia, el caso del Padre Masiel, por ejemplo.

         El escándalo está siempre presente en los productos mediáticos, distinguidos por una opinión pública presente en el consciente e inconsciente colectivo. El escándalo no es ya la noticia de prensa, la nota de medios es una realidad. Es decir, en la opinión pública se crea el escándalo que no contiene la expresión de cualquiera, ni retrato estadístico de un momento dado, es la narrativa la que otorga sentido al escándalo. Sentido, es campo semántico que contiene un juicio cierto, efectivo, delimitado y en término. Digamos que el sentido puede estar en el “espíritu objetivo” que enseña Hegel; el sentido absorbe pensamiento, ESTÁ y ES, contiene riqueza de significados y significantes.

         Así entonces, el escándalo es una escenografía insustituible en nuestra democracia y en los políticos en su juego de mercado. El escándalo tendrá luces y auditorios consumidores de bullicio. Los efectos del escándalo se atenúan en la medida que se incuba nuevo escándalo, los escándalos producen secuelas y reacciones de opinión pública, contaminados hasta por inteligencia artificial. 

 

Ignacio Ruelas Olvera

26 de septiembre de 2023.

 


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